La amenaza del tic tac Siempre estuvo presente Mientras te amaba Y lo ignoré Porque en tu piel Cualquier cosa es fácil ignorar (tampoco hubiese servido tenerlo en cuenta)
Nunca me importó la alborada Estar contigo parecía cosa de una eterna noche, de una tempestuosa mar, de los más desenfrenados placeres que entreabían los horizontes de mís palabras que de continuo fallan al manchar el papel o se escapan por cada ventana y van a los abismos más grandes
Las melodías conocidas sonaban Yo improvisaba bailar, Luego cantabas y tu boca era ensueño y magnetismo
La habitación se hacía bar: La música, el cigarro, el vino, la cerveza…
Cuando a fuerza de todo, el insistente tic tac Se impuso y el amor insinuaba ser inagotable, tú te fuiste al amanecer… (bajo la lluvia de septiembre) Ya no había más que hacer, sólo llorar al borde de una cama y luego casi sin voluntad cerrar la puerta, con cuidado, tras de ti maldiciendo más que de costumbre las sentencias la demencias las desgracias… las ironías de la vida y mi contrahecho corazón por sentir que sin ti, todo está demás.
Kalina dice que el dinero es tan importante porque es la única verdadera manera de ser feliz en este mundo, nadie, por mucho que profete aquello de querer lo que se hace, es realmente feliz si no está haciendo día a día lo que le da la gana.
Las personas tenemos limitaciones físicas que nos impiden alejarnos de esta sociedad los suficientes años luz como para que no seamos presa o víctimas de ella. Podemos tratar de alejarnos dentro de este planeta, pero eventualmente llegarán a donde estemos y si tienen dinero, tendrán mejores armas, pues los humanos no sabemos de magia, y si tienen mejores armas nos matarán, lo cual no se ha descrito aquí como parte de la definición de felicidad, o bien nos obligarán a hacer lo que ellos quieran y eso es felicidad para ellos, no para nosotros.
Así que para los genios (en grado de imbecilidad 4) que suelen preguntar, la respuesta es no. Kalina no puede internarse en la selva y escapar de la sociedad humana. Tiene que estar aquí y si quiere estar feliz tiene que hacer lo que le dé la gana y en esta sociedad solo hay un tipo de personas que hacen los que les da la gana: los que tienen dinero. Por dos razones, la primera es lógica: pueden comprar armas. La segunda es consecuencia de la imbecilidad humana en grados 5 y 6, cuando tienes dinero casi cualquier humano que tenga menos que tu se arrodilla ante ti porque piensa que tal vez así se le pega un poco tu dinero (grado 5) o porque piensa que es lo correcto (grado 6).
Hay personas que mueren por y para ser felices, otras matan por y para ello, las dos opciones pueden ser disyuntas en honorabilidad, pero equitativas en valentía. Kalina ha optado por la segunda opción y matará a quien o a lo que tenga que matar para ser feliz, es decir para tener dinero.
Yo no sé si su posición es justa, tengo un concepto de justicia muy ambiguo aún, pero definitivamente es logicamente correcta.
Ahora que empecé el día volviendo a tu mirada, y me encontraste bien y te encontré más linda. Ahora que por fin está bastante claro dónde estás y dónde estoy. Sé por primera vez que tendré fuerzas para construir contigo una amistad tan piola, que del vecino territorio del amor, ese desesperado, empezarán a mirarnos con envidia, y acabarán organizando excursiones para venir a preguntarnos cómo hicimos.
Acabo de estar una semana en Europa y debo confesar que llegué intoxicada con la fiebre que vive el viejo continente por la italiana Carla Bruni, esposa desde hace dos meses del presidente Nicolás Sarkozy, ese enfant terrible de la política francesa.
No hay un medio que no haya terminado eclipsado por su imagen -ya sea cuando sale desnuda o cuando sale vestida-, ni un analista influyente que no haya analizado en sus columnas a profundidad el fenómeno Bruni, como si se tratara del evento político más importante y definitivo de esta Europa unificada. La bobería ha llegado a tal extremo, que ya son varias las plumas pesadas que comparan a la Bruni con el poder seductor de Jackie Kennedy y de Evita Perón, dos mujeres que sobrepasaron la importancia de sus esposos en el poder.
Debo decir que no tengo nada en contra de esta diva italiana, hija ilegítima de un adinerado aristócrata italiano. No obstante, confieso que me gustaba más la Carla Bruni rockera, la cantante de vida licenciosa e indomable, que prefería unos buenos bluyines a los modelitos virginales y convencionales de niña buena estilo Laura Ashley, como de la Bogotá de hace 50 años, que le pusieron para ir a visitar a la realeza inglesa.
Sin embargo, desde ese episodio mediático en que el mundo entero vio a una Carla Bruni totalmente domada y sumisa -aceptó incluso ponerse zapatos sin tacones para no aparecer por encima de su marido-, esta hermosa italiana tiene a Europa a sus pies.
Es tal la fiebre por la Bruni, que ya hay quienes la catalogan como una estadista de grandes quilates y la comparan con una matrona Angela Merkel. Tal como van las cosas, a lo mejor la equiparan con la importancia de De Gaulle. Qué importa que todo lo que gusta de esa Carla Bruni sea una farsa. La suya es una farsa que convence, que gusta, a pesar de que no se haya casado por amor, como sí lo hizo Grace Kelly, y de que se le note demasiado su desaforado afán por el poder, cosa que siempre supo disimular con gran señorío una Jackie Kennedy.
El fenómeno Bruni, sin duda, es un tremendo retroceso en las conquistas que la mujer había hecho en la política y en el mundo del poder a lo largo de los últimos tiempos. Conquistas que se lograron con dificultad porque el poder, dejémonos de vainas, sigue siendo hasta cierto punto un imaginario masculino, donde a las mujeres les toca comportarse de manera sumisa, sin levantar la voz ni hablar demasiado.
En realidad, aunque no se comente mucho el tema, las mujeres que sobresalen en la política no pueden ser convencionales ni sumisas, sino todo lo contrario: deben romper paradigmas, como de hecho lo hace Piedad Córdoba en Colombia o Nancy Pelosi en el Congreso norteamericano. Dos mujeres controversiales, echadas pa'lante, que rompen fronteras. En esa lista pondría también a Marta Lucía Ramírez y a Cecilia López.
Sin embargo, el éxito del fenómeno Bruni nos retrotrae a lo que yo he dado en llamar la línea catre, de la cual pensábamos habíamos salido en buena hora. La línea catre permite que las mujeres sobresalgan en la política a través de las sábanas del poder, como de hecho lo hizo en su momento Evita Perón y como también lo han hecho tantas mujeres que hacen política en Colombia, pero de las que, por prudencia, no digo sus nombres.
El caso de Carla Bruni, a pesar de sus curvas espectaculares y de su aspecto casi virginal, encaja en esta línea. Ella encarna al mejor ejemplar de este estilo de ascenso al poder.
En ese sentido, nada mejor que volver a plantear la lucha de la mujer por acceder a la política y a los puestos de poder entre ciertas fronteras aceptables. Y por ese mismo camino habría que decir que comparto las fronteras impuestas por una de las ministras de Sarkozy, Fadela Amara, fundadora de un movimiento por los derechos de la mujer musulmana, que tituló bajo el siguiente postulado: "Ni putas ni sumisas". Así de simple. ¿Será que la Bruni se afilia al movimiento?